Hubo una época en la que conocer una mujer podía empezar con algo tan poco tecnológico como comprar el diario un domingo a la mañana, prepararse un café y recorrer, con cierta discreción, las páginas de clasificados. No había aplicaciones, geolocalización, algoritmos, páginas de escorts vip ni fotografías cuidadosamente retocadas. Tampoco existía la posibilidad de deslizar el dedo hacia la izquierda si alguien no nos convencía. Había que leer. Y, sobre todo, había que animarse.
Para los adolescentes y jóvenes de los años 80 y 90, las secciones de «Personales» de los diarios y revistas eran una suerte de Tinder analógico, aunque bastante más misterioso, lento y, por qué no, romántico. Allí, entre avisos de venta de departamentos, automóviles usados y búsquedas laborales, aparecían hombres y mujeres que buscaban algo tan universal como compañía, romance, amistad o simplemente alguien con quien compartir una conversación.
Y aunque hoy nos resulte extraño, hubo una generación que llegó a considerar seriamente la posibilidad de conocer al amor de su vida a través de un aviso de tres líneas publicado en un diario.
El arte de buscar pareja entre los clasificados
En aquellos años, los diarios tenían una función que hoy parece casi arqueológica: además de informar, entretener y envolver pescado al día siguiente, también eran una herramienta para conocer gente.
Las secciones de contactos o personales reunían avisos de todo tipo. Algunos eran directos, otros misteriosos y muchos parecían escritos por alguien que había decidido poner en pocas palabras toda su esperanza sentimental.
«Caballero de 35 años, buena presencia, culto, independiente, desea conocer dama de similares características».
«Señorita de 28 años, sincera, cariñosa, busca relación seria con hombre de buenos sentimientos».
«Separado, 42 años, sin hijos, busca mujer para amistad y posible relación».
Y así, entre expresiones como «buen nivel cultural», «excelente presencia», «sin compromisos» y «fines serios», se desarrollaba un universo paralelo de personas que buscaban compañía.
Había algo particularmente gracioso en la forma en que se describían los interesados. Todo el mundo parecía tener buen humor, ser de buena presencia, disfrutar de la música, los viajes y las cosas sencillas de la vida. Nadie era insoportable, nadie tenía mal carácter y, aparentemente, todos eran bastante más interesantes de lo que uno podía esperar de una persona que necesitaba pagar para publicar un aviso en el diario.
Las mujeres, por su parte, solían recibir una cantidad de respuestas que seguramente superaba ampliamente la capacidad de lectura de cualquier ser humano. Los hombres, en cambio, tenían que competir con otros candidatos armados con las mismas tres o cuatro virtudes universales.
El primer desafío: animarse a responder
Supongamos que eras un muchacho de 22 años, vivías en Buenos Aires, todavía no habías desarrollado demasiadas habilidades sociales y te interesaba conocer mujeres. En lugar de abrir una aplicación, mirar perfiles y mandar un mensaje privado, tenías que encontrar un aviso que te interesara y decidir si valía la pena responder.
Pero había un pequeño detalle: no sabías cómo era la persona.
No había fotos, videos, historias de Instagram ni selfies frente al espejo del baño. Apenas unas pocas palabras que podían describir a una mujer de 25 años o a alguien que, en realidad, estaba bastante lejos de esa descripción.
La imaginación hacía el resto.
Algunos avisos incluían un apartado postal, un número telefónico o una dirección para enviar correspondencia. En otros casos había que escribir una carta, esperar una respuesta y cruzar los dedos para que el destinatario realmente estuviera interesado.
Sí, una carta. De papel. Con sobre, estampilla y todo.
Para alguien que hoy está acostumbrado a recibir una respuesta en WhatsApp a los veinte segundos, aquella dinámica debía parecer una combinación de romanticismo victoriano y tortura psicológica.
Uno podía enviar una carta un lunes y pasar toda la semana esperando. Si la respuesta llegaba, había que volver a escribir. Y si finalmente se conseguía un número telefónico, aparecía otro obstáculo monumental: llamar.
Porque no existían los celulares, y mucho menos los mensajes de voz que permiten evitar una conversación incómoda. Había que levantar el teléfono fijo, marcar los números y esperar que atendiera la persona indicada.
Y, con bastante frecuencia, atendía el padre.
El teléfono fijo: ese enemigo silencioso
Si había algo que podía arruinar una operación sentimental perfectamente planificada era el teléfono familiar.
En los años 80 y buena parte de los 90, el teléfono estaba en el living, en el comedor o en algún rincón de la casa. Era un aparato compartido por toda la familia. No existía la privacidad que hoy tenemos con el celular.
Llamar a una chica que habías conocido mediante un aviso personal implicaba una preparación psicológica considerable.
Primero había que asegurarse de que nadie estuviera escuchando. Después, encontrar el momento adecuado. Y finalmente, marcar.
—Hola, ¿está Mariana?
—¿De parte de quién?
Ese «¿de parte de quién?» podía producir más adrenalina que una película de acción.
Había que improvisar un nombre, explicar quién eras y esperar que la conversación no terminara con un interrogatorio paterno. Si atendía la propia interesada, tampoco era necesariamente más sencillo: había que recordar qué decía el aviso, cómo había empezado el contacto y, fundamentalmente, encontrar algo interesante para decir.
Hoy un match puede convertirse en una conversación de veinte mensajes sin que nadie tenga que escuchar nuestra voz. En aquella época, en cambio, había que poner el cuerpo desde el primer minuto.
El misterio de no saber con quién estabas hablando
Quizás una de las diferencias más interesantes entre los avisos personales y las aplicaciones actuales era la ausencia de información visual.
En Tinder, Bumble o cualquier aplicación de citas, la primera impresión suele estar dominada por las fotografías. Antes de leer una descripción, ya tenemos una idea bastante concreta de la persona.
En los avisos de los diarios sucedía exactamente lo contrario.
Primero aparecía el texto. La personalidad, los intereses y las expectativas eran, al menos en teoría, lo importante. Después venía el intercambio de correspondencia o la conversación telefónica. Y recién al final, si todo salía bien, llegaba el encuentro presencial.
Por supuesto, eso no significaba que todo fuera más auténtico. También había mentiras, exageraciones y personas que se presentaban de una manera bastante diferente a la realidad. La diferencia era que había menos herramientas para descubrirlo antes de encontrarse.
En cierto sentido, era una experiencia bastante más cercana a una cita a ciegas.
Y había que tener cierta imaginación para entusiasmarse con alguien a quien solamente conocías por una descripción de cuatro renglones.
De los diarios a las revistas: un pequeño mercado del amor
Con el correr de los años, las secciones personales también encontraron su lugar en revistas y publicaciones especializadas. Algunas tenían apartados específicos para contactos, amistades y relaciones sentimentales.
Para muchos jóvenes, hojear esas páginas tenía algo de transgresor. No necesariamente porque estuvieran buscando pareja, sino porque había una curiosidad casi irresistible por descubrir qué clase de personas publicaban esos avisos y qué cosas estaban dispuestas a contar de sí mismas.
Era una ventana a un mundo adulto que todavía parecía bastante lejano.
Y, por supuesto, también había un componente económico. Publicar un aviso costaba dinero, y responder podía implicar gastos de correo o llamadas telefónicas. No era una actividad instantánea ni gratuita.
Cada contacto requería una pequeña inversión de tiempo, dinero y expectativas.
No había manera de mandar cincuenta mensajes en cinco minutos. Había que elegir, escribir y esperar.
El nuevo milenio: cuando internet cambió las reglas
A finales de los 90 y principios de los 2000, internet empezó a modificar radicalmente la manera de conocer gente.
Primero aparecieron los chats, los canales de IRC, los mensajeros instantáneos y los sitios de contactos. De pronto, ya no hacía falta esperar a que el diario publicara un aviso. Uno podía ingresar a una sala de conversación, elegir un apodo y empezar a hablar con desconocidos.
Para los que veníamos de la época del teléfono fijo, aquello era prácticamente ciencia ficción.
Podías conversar con una chica de otra provincia, de otro país o incluso de otro continente. Y hacerlo sin gastar una fortuna en llamadas de larga distancia.
Después llegó ICQ, más tarde MSN Messenger y finalmente las redes sociales. La posibilidad de conocer personas se multiplicó exponencialmente.
También apareció algo que cambió definitivamente el juego: las fotografías digitales.
Ya no era necesario imaginar cómo sería la persona del otro lado. Podías verla, intercambiar imágenes y construir una idea bastante más concreta de quién estaba detrás del teclado.
Lo que antes requería días o semanas ahora podía resolverse en una tarde.
Tinder, Instagram y las páginas de escorts: el amor en tiempos de conexión permanente
Hoy el panorama es completamente diferente.
Las aplicaciones de citas permiten conocer personas que están a pocas cuadras, filtrar por edad, intereses y preferencias, ver fotografías, intercambiar mensajes y coordinar un encuentro en cuestión de minutos.
Tinder convirtió el acto de conocer gente en una experiencia casi mecánica. Deslizás, mirás, descartás, coincidís y conversás. A veces funciona. Otras veces, el match queda abandonado en una lista de conversaciones que nunca llegan a ninguna parte.
También existen plataformas orientadas a encuentros más específicos, sitios de acompañantes, páginas de escorts y directorios donde la búsqueda está mucho más vinculada a servicios concretos.
Son propuestas diferentes, con dinámicas y expectativas distintas, pero todas forman parte de un ecosistema digital que habría resultado inimaginable para alguien que en 1987 estaba intentando conocer a una mujer mediante un aviso en Clarín.
Hoy incluso podés conocer la apariencia, los gustos, las actividades y buena parte de la vida pública de alguien antes de intercambiar una sola palabra.
La paradoja es que, teniendo tanta información disponible, no necesariamente conocemos mejor a las personas.
Tenemos miles de perfiles al alcance de la mano, pero también una tendencia a descartar rápidamente, comparar permanentemente y buscar una alternativa cuando la conversación no nos convence.
Antes había que elegir entre los pocos avisos que aparecían publicados. Hoy tenemos un catálogo prácticamente infinito.
Y, sin embargo, la soledad sigue existiendo.
¿Era mejor antes? Ni tanto, ni tan poco
Sería tentador caer en el clásico discurso de que antes las relaciones eran más auténticas, que la gente tenía más paciencia y que todo era más romántico.
Pero no sería del todo cierto.
Los avisos personales también estaban llenos de frustraciones, engaños, expectativas incumplidas y personas que no encontraban lo que buscaban. La falta de fotografías podía ser una ventaja para la imaginación, pero también un problema bastante evidente cuando llegaba el momento del encuentro.
Además, las posibilidades de conocer gente eran mucho más limitadas. Dependías de tu entorno, de tus amistades, del trabajo, de los lugares que frecuentabas y, si estabas dispuesto a probar algo diferente, de aquellas pequeñas secciones de los diarios.
La tecnología actual resolvió muchísimos problemas. Hizo más sencillo el contacto, amplió las posibilidades y permitió conectar personas que probablemente jamás se hubieran cruzado.
Pero también eliminó algunas pequeñas ceremonias que formaban parte del proceso.
Hoy no necesitamos comprar un diario, leer avisos, escribir una carta, buscar una estampilla, esperar una respuesta y finalmente animarnos a llamar por teléfono.
Todo está a un par de toques de distancia.
Aquellos avisos que hoy parecen de otra civilización
Para quienes crecimos en los años 80 y 90, recordar las secciones de personales es también recordar una época en la que la tecnología avanzaba a otro ritmo.
Tenías que esperar el horario de tu programa favorito, grabar una canción de la radio en un cassette, revelar un rollo de 36 fotografías y, si querías conocer a alguien, quizás terminar leyendo los clasificados del diario.
No había notificaciones, algoritmos ni conexiones permanentes. Había tiempos muertos, esperas y una cuota de incertidumbre que hoy parece difícil de explicar.
Quizás por eso aquellos avisos tenían algo especial. No porque fueran necesariamente mejores, sino porque obligaban a imaginar, a esperar y a tomar la iniciativa de una manera que hoy hemos delegado parcialmente en las aplicaciones.
Quién sabe cuántas parejas empezaron con un «Señorita busca caballero para amistad y fines serios». Cuántas cartas quedaron sin respuesta, cuántas llamadas nunca se hicieron y cuántas historias terminaron antes de empezar.
Lo cierto es que hubo una generación que conoció el arte de buscar pareja pasando las páginas de un diario, con un teléfono fijo cerca y una paciencia que hoy probablemente consideraríamos sobrehumana.
Y si alguna vez te encontraste leyendo esos avisos a escondidas, fingiendo que estabas buscando otra cosa, seguramente sabés de qué estamos hablando.
Eran otros tiempos. Y para conocer a alguien, además de tener suerte, había que tener estampillas.
